Guerra y Paz
Guerra y Paz Tranquilizada la peregrina y animada a seguir hablando, se extendió acerca del padre Amfiloco, cuya vida era tan santa que sus manos difundÃan olor a incienso y de cómo los monjes que habÃa encontrado en su última peregrinación a Kiev le habÃan dado las llaves de unas grutas donde, con una reserva de pan seco, habÃa permanecido durante dos dÃas junto a los bienaventurados.
—Rezaba a uno, lo veneraba, y después me iba a otro. DormÃa un poco y volvÃa a besar las reliquias; habÃa tanto silencio, madrecita, y gozaba de tanto bienestar, que no sentÃa deseos de volver al mundo.
Pierre la escuchaba con atenta seriedad. El prÃncipe Andréi salió de la habitación. Poco después, dejando que los peregrinos concluyeran de tomar su té, la princesa MarÃa condujo a Pierre al salón.
—Es usted muy bueno— le dijo.
—¡Oh! De verdad que no querÃa ofenderla… Comprendo muy bien y aprecio en mucho esos sentimientos.
La princesa MarÃa lo miró en silencio y sonrió con ternura.
