Guerra y Paz

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El enfermero debió de preguntarle todavía algo.

—¡Haz lo que te parezca! ¿No es lo mismo?

El médico reparó en Rostov, que subía por la escalera.

—¿Qué busca usted, Excelencia?— le preguntó. —¿A qué viene? ¿Lo han perdonado las balas y quiere pescar el tifus? Ésta, padrecito, es la casa de los apestados.

—¿Cómo dice?— preguntó Rostov.

—El tifus, amigo mío; quien entra aquí es hombre muerto. Sólo nosotros dos, Makéiev y yo— dijo, señalando al enfermero, —aguantamos esto. Cinco de mis colegas han muerto ya. Cuando llega uno nuevo, en una semana está despachado— añadió el doctor con evidente placer. —Hemos pedido médicos prusianos, pero a nuestros aliados no les gusta esto.

Rostov explicó que deseaba ver al comandante de húsares Denísov, que estaba allí.

—No lo sé, amigo, no lo sé. Tenga en cuenta que yo solo he de atender tres hospitales con cuatrocientos enfermos y pico. Menos mal que las damas prusianas de la caridad nos envían dos libras de café e hilas al mes; sin eso, estaríamos perdidos— y se echó a reír. —¡Cuatrocientos, amigo mío! Y no hacen otra cosa que llegar más… Son cuatrocientos, ¿no?— se volvió al enfermero, quien parecía rendido e impaciente de que se fuera aquel médico parlanchín.


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