La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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Y otra vez, al socaire de ese flujo de recuerdos, surgían en su cabeza consideraciones de otro orden, y se ponía a pensar en el avance y el agravamiento de su enfermedad. Y cuanto más se remontaba en el tiempo, más vida encontraba. Y cuanto mayor bien hallaba, mayor era también la vida. Uno y otra se confundían. «Igual que los sufrimientos se han hecho cada vez más agudos, la vida no ha hecho más que empeorar», pensó. Había un puntito luminoso allá, muy atrás, al inicio de la vida, luego se volvía todo cada vez más negro y todo pasaba más y más deprisa. «Es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que me separa de la muerte», pensó Iván Ilich. Y la imagen de una piedra que caía con velocidad creciente se le grabó en el corazón. La vida, una serie de sufrimientos cada vez mayores, volaba más y más deprisa hacia su fin, hacia el sufrimiento más espantoso. «Estoy volando…». Se estremecía, se agitaba, trataba de oponerse, pero sabía que ninguna resistencia era posible, y otra vez, con ojos cansados ya de tanto mirar, aunque era incapaz de apartar la vista de lo que tenía delante, contemplaba el respaldo del sofá y esperaba esa caída terrible, el choque final y la destrucción. «Ninguna resistencia es posible —se decía—. Si al menos pudiera entender la razón de todo esto. Pero eso es también imposible. Podría explicarme algo si estuviera en condiciones de decir que no he vivido como hubiera debido hacerlo. Pero eso no puedo admitirlo», se dijo, recordando su respeto por la ley, la corrección y el decoro que habían presidido su vida. «Imposible reconocer una cosa así —se decía, apenas con un esbozo de sonrisa, como si alguien pudiera ver ese gesto y sacar una impresión equivocada—. ¡No hay explicación! El sufrimiento, la muerte… ¿Por qué?».


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