La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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A lo largo del camino, su alegre disposición de ánimo, producto de su éxito y del buen entendimiento con su mujer —lo uno reforzando lo otro—, no le abandonó ni un instante. Encontró una vivienda maravillosa, idéntica a la que su mujer y él habían concebido en sus sueños. Amplias salas de recepción, de techo alto y estilo antiguo; un despacho cómodo y majestuoso, habitaciones para su mujer y para su hija, un cuarto de estudio para su hijo: era como si la hubieran construido pensando en ellos. Iván Ilich se ocupó en persona de arreglar la vivienda, eligió el papel pintado, compró los muebles, sobre todo de estilo antiguo, al que atribuía un particular tono comme il faut, escogió el tapizado, y todo fue creciendo y progresando hasta acercarse al ideal que se había forjado. Una vez completada la mitad de la tarea, le pareció que los logros superaban las expectativas. Entreveía ya el carácter comme il faut, distinguido y nada vulgar que adquiriría el conjunto cuando estuviera terminado. Si se adormecía, se figuraba cómo quedaría la sala. Si contemplaba el salón, aún incompleto, veía ya la chimenea, la pantalla, la vitrina y un grupo de sillitas dispuestas aquí y allá, los platos hondos y llanos colgados de las paredes, las figuras de bronce, todo en el sitio que le correspondía. Disfrutaba imaginándose lo mucho que se sorprenderían su mujer y su hija, que compartían su gusto por esa clase de cosas. Ni en sus mejores sueños habían podido esperar algo parecido. Tuvo especial fortuna en encontrar y adquirir algunos objetos antiguos a muy buen precio, que daban al conjunto un aspecto especialmente distinguido. En las descripciones que incluía en sus cartas se cuidaba muy mucho de ocultar el verdadero estado de las operaciones, y lo pintaba todo en tonos más sombríos para que la sorpresa fuera aún mayor. Tanto le absorbían esos menesteres que hasta sus nuevas ocupaciones —a pesar de lo mucho que estimaba su trabajo— le interesaban menos de lo que había esperado. Durante las sesiones había momentos en que se distraía y se quedaba pensando en las guardamalletas de las cortinas: ¿las elegiría rectas o fruncidas? Y tanto se entusiasmaba con esas cuestiones que a veces se ponía a cambiar los muebles de sitio o colgaba las cortinas con sus propias manos. En una ocasión llegó a subirse a una escalera para enseñarle a un tapicero, que no entendía sus indicaciones, cómo quería que colgara un cortinaje, con tan mala fortuna que tropezó y se cayó; no obstante, como era un hombre fuerte y ágil, consiguió conservar el equilibrio y solo se dio un golpe en el costado con el pomo de la ventana. La contusión le dolió un poco, pero no tardó en curarse. Durante todo ese periodo Iván Ilich se sintió rebosante de salud y felicidad. Y en las cartas que dirigía a los suyos comentaba: «Es como si me hubieran quitado quince años de encima». Había contado con acabar las obras en septiembre, pero los trabajos se prolongaron hasta mediados de octubre. En cualquier caso, los resultados eran magníficos: y no solo lo decía él, sino cuantos visitaban la vivienda.


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