La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich —Menos mal que soy de complexión atlética. Otro se habrÃa matado; yo, en cambio, solo me he dado un golpe aquÃ. Si me toco, me duele, pero ya se me está pasando. No es más que un cardenal.
Empezaron a vivir en su nueva morada. Y, como suele suceder en tales casos, una vez acostumbrados a la novedad y metidos de lleno en la rutina, se dieron cuenta de que les habrÃa hecho falta una habitación más, solo una, y de que les habrÃa venido bien un sueldo un poquito más alto, apenas unos quinientos rublos. Pero, en general, se encontraban muy a gusto, sobre todo en los primeros tiempos, cuando no habÃan acabado los preparativos y aún quedaban cosas por hacer: comprar esto, encargar lo otro, cambiar de sitio un mueble, arreglar lo de más allá. Aunque surgieron algunas desavenencias entre marido y mujer, ambos estaban tan satisfechos y tenÃan tantas cosas de las que ocuparse que todo se resolvÃa sin grandes discusiones. Cuando ya no hubo nada en lo que poner orden, se empezó a adueñar de ellos una ligera sensación de aburrimiento y tuvieron la impresión de que les faltaba algo, pero para aquel entonces ya habÃan trabado relaciones y adquirido nuevas costumbres con las que dar sentido a su vida.
