La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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El dolor no disminuía. Pero Iván Ilich se esforzaba en convencerse de que se sentía mejor. Y conseguía engañarse, hasta el punto de que nada le preocupaba. Pero en cuanto se producía alguna desavenencia con su mujer, le sucedía un contratiempo en el trabajo o perdía a las cartas, notaba enseguida toda la fuerza de su enfermedad. Antes soportaba esos contratiempos diciéndose: «Arreglaré esto en un santiamén, lucharé, alcanzaré el éxito, ganaré la partida». Ahora cualquier desgracia lo desarmaba y lo sumía en la desesperación. Y se decía a sí mismo: «Justo ahora que me sentía un poco mejor y los medicamentos empezaban a hacerme efecto, me sobreviene esta maldita desgracia, esta desdicha…». Y se enfurecía contra esa desgracia o con las personas responsables de su desdicha, esas mismas que lo martirizaban, y se daba cuenta de que su ira lo estaba matando, pero no era capaz de contenerla. Debería haber entendido que tal irritación contra las circunstancias y las personas reforzaba su enfermedad y que, por tanto, habría sido mejor no prestar atención a los incidentes desagradables, pero él hacía el razonamiento contrario: decía que necesitaba tranquilidad, analizaba todo lo que pudiera destruirla y, en cuanto advertía un suceso capaz de resquebrajarla, se salía de sus casillas. La lectura de libros de medicina y la consulta a diversos facultativos contribuyeron a agravar su situación. Ese agravamiento seguía un ritmo tan uniforme que podía engañarse comparando una jornada con otra, ya que las diferencias eran mínimas. Pero cuando consultaba a los médicos tenía la impresión de que su situación empeoraba, y además a marchas forzadas. En cualquier caso, no dejaba de requerir su dictamen.


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