La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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Ese mes fue a ver a otra celebridad, que le dijo poco más o menos lo mismo que la primera, aunque formuló las preguntas de otro modo. Sus palabras no hicieron más que redoblar las dudas y el temor de Iván Ilich. Un amigo de un amigo, médico excelente, le ofreció un diagnóstico totalmente distinto y, aunque prometió curarle, lo cierto es que con sus preguntas y suposiciones solo consiguió turbarle aún más y aumentar sus dudas. Un homeópata se decantó por una tercera enfermedad y le dio una medicina que Iván Ilich tomó a escondidas durante una semana. Al cabo de ese tiempo, al no haber constatado mejoría alguna, perdió su confianza tanto en los medicamentos anteriores como en el nuevo y cayó en un estado de abatimiento aún más profundo. Un día una señora conocida relató la historia de un hombre que se había curado gracias a unos iconos. Para su sorpresa, Iván Ilich la escuchó con atención, plenamente convencido de la veracidad de lo que le estaba contando. Ese incidente le espantó. «¿Es posible que mis facultades mentales se hayan debilitado tanto? —se dijo—. ¡Tonterías! Todo eso no son más que sandeces. No hay que caer en la hipocondría, sino decantarse por un médico y seguir a pies juntillas sus indicaciones. Y eso es lo que voy a hacer. Se acabó. Dejaré de darle vueltas y observaré las prescripciones a rajatabla hasta el verano. Entonces veremos. ¡Basta ya de vacilaciones!…». Era fácil decirlo, pero imposible ponerlo en práctica. El dolor en el costado seguía atormentándolo, parecía como si se hubiera recrudecido, como si se hubiera vuelto constante; tenía un gusto en la boca cada vez más extraño, se figuraba que de su boca salía un olor repugnante, su apetito y sus fuerzas disminuían. No era posible engañarse: en su interior se estaba produciendo algo terrible, nuevo y más decisivo que cualquier otra cosa que le hubiera pasado en la vida. Y el único que lo sabía era él; cuantos le rodeaban no lo entendían o no querían entenderlo y pensaban que todo en el mundo seguía el mismo curso que antes. Esa constatación era lo que más le atormentaba. Sus familiares —sobre todo su mujer y su hija, inmersas en el torbellino de la vida social— no se daban cuenta de nada, bien lo veía él. Lo único que les incomodaba era que se mostrara tan mohíno y exigente, como si ellas tuvieran la culpa de lo que le pasaba. Aunque trataban de ocultarlo, comprendía que se había convertido en un estorbo para ellas, que su mujer había adoptado una postura definida con respecto a su enfermedad y que no había manera de que la modificase, por más que él dijera o hiciese. Esto es lo que les decía a sus conocidos:


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