La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich En esto Mijaíl Mijáilovich, su compañero, da un golpe sobre la mesa con su sanguínea mano y, con gran indulgencia y cortesía, en lugar de arramblar con las cartas que les han correspondido en esa baza, se las acerca a Iván Ilich para que este tenga el placer de recogerlas sin hacer un esfuerzo excesivo ni estirar mucho el brazo. «¿Acaso se figura que estoy tan débil que no soy capaz de alargar la mano?», piensa Iván Ilich, y, sin darse cuenta de lo que hace, malgasta sus triunfos en lances innecesarios, hasta que acaban perdiendo la partida por tres puntos; pero lo que más le desagrada es darse cuenta de lo mucho que sufre Mijaíl Mijáilovich, mientras a él todo eso le importa un bledo. ¡Qué terrible saber a qué se debe tal indiferencia!
Todos advierten que se encuentra mal y le dicen: «Podemos dejarlo ya, si está usted cansado. Es mejor que descanse». ¿Descansar? No, no está nada cansado, así que terminan la partida de rubber. Todos se muestran mohínos y silenciosos. Iván Ilich comprende que es él quien les ha contagiado ese estado de ánimo sombrío, pero no puede hacer nada por disiparlo. Cenan y se marchan, e Iván Ilich se queda solo, con la conciencia de que su vida está envenenada, de que envenena la vida de los demás y de que ese veneno, lejos de debilitarse, va penetrando cada vez más en todo su ser.