La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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En el tribunal Iván Ilich notaba o creía notar la misma actitud extraña con respecto a él: tan pronto se figuraba que lo miraban como si estuviera a punto de dejar vacante su plaza como tenía la impresión de que sus amigos empezaban a gastarle alguna broma inocente sobre su hipocondría, como si esa cosa terrible, espantosa e inaudita que se había manifestado en él y que le roía sin descanso, arrastrándolo irremisiblemente hacia lo desconocido, fuera un asunto apropiado para bromear. En ese sentido, el que más le irritaba era Schwartz, con esa jovialidad, esa vitalidad y ese aire comme il faut que tanto le recordaba cómo era él diez años antes.

Llegaban los amigos para jugar la partida, tomaban asiento. Abrían un mazo nuevo de cartas y repartían. Iván Ilich ponía todos los diamantes juntos, siete en total. El compañero decía: «Ni un triunfo», cuando en realidad tenía dos diamantes en la mano. ¿Qué más se podía pedir? Hubiera debido sentirse contento, animado, estaban a punto de ganar la partida. Pero de pronto Iván Ilich sentía ese dolor lacerante, ese sabor en la boca, y entonces le parecía absurdo, en tales condiciones, alegrarse por la suerte de un juego de naipes.



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