La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Sin embargo, Iván Ilich encontró un consuelo en tan desagradable cometido. Siempre venÃa a llevarse las heces Guerásim, el mozo de comedor.
Guerásim era un joven limpio, lozano, robustecido por los alimentos de la ciudad. Siempre se mostraba alegre y sereno. Al principio a Iván Ilich le turbaba ver a ese hombre siempre impecable, vestido a la rusa, ocupado de una tarea tan desagradable.
Un dÃa, después de levantarse de la bacinilla, no se sintió con fuerzas para subirse los pantalones y se desplomó en un blando sillón, donde se quedó contemplando con espanto sus débiles muslos desnudos, con los contornos de los músculos claramente marcados.
En ese momento entró Guerásim, con su calzado grueso, su delantal de lienzo limpÃsimo y su impecable camisa de indiana, cuyas mangas recogidas dejaban al descubierto sus brazos jóvenes y fuertes, y, llenando la habitación del agradable olor a brea de las botas y del fresco aire invernal, avanzó con pasos decididos y ligeros y se acercó a la bacinilla, sin mirar a Iván Ilich, tratando de contener, para no ofender al enfermo, la alegrÃa de vivir que resplandecÃa en su rostro.
—Guerásim —dijo Iván Ilich con un hilo de voz.