La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich El criado se estremeció. Temiendo haber cometido una torpeza, y con un movimiento rápido, volvió hacia el enfermo su cara fresca, bondadosa, sencilla y joven, en la que apenas apuntaba la barba.
—¿Qué desea, señor?
—Supongo que todo esto te desagrada. Perdóname. No soy capaz de hacer nada.
—Pero qué dice, señor —y los ojos de Guerásim resplandecieron, mientras una sonrisa dejaba al descubierto sus dientes fuertes y blancos—. ¿Cómo no iba a ocuparme de estas cosas? Está usted enfermo.
Con sus manos fuertes y ágiles cumplió con su cometido habitual y salió con paso ligero. Al cabo de cinco minutos regresó, moviéndose con la misma levedad.
Iván Ilich seguÃa en el sillón, en la misma postura de antes.
—Guerásim —dijo, mientras este ponÃa en su sitio la bacinilla lavada y limpia—, ven aquà y ayúdame, por favor —Guerásim se acercó—. Levántame. Yo solo no puedo y Dmitri no está.