La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Guerásim se acercó. Con sus brazos vigorosos y la misma ligereza con la que se habÃa movido por la habitación, lo rodeó, lo levantó con agilidad y delicadeza y lo sostuvo en pie con una mano, mientras con la otra le subÃa los pantalones. Intentó que se sentara, pero Iván Ilich le rogó que le trasladara al sofá. Guerásim lo llevó casi en volandas, sin esfuerzo alguno ni ejercer apenas presión, y lo dejó sentado donde su amo le pidió.

—Gracias. Qué habilidoso eres y… qué bien lo haces todo.
Guerásim volvió a sonreÃr e hizo intención de marcharse. Pero Iván Ilich se sentÃa tan a gusto en su compañÃa que no querÃa dejarlo ir.
—Haz el favor, acércame esa silla. No, la otra, y pónmela debajo de las piernas. Me siento mejor cuando tengo los pies en alto.
Guerásim cogió la silla, la desplazó sin golpearla, la depositó en el suelo con mucho tiento y puso encima las piernas de Iván Ilich; y este tuvo la impresión de sentirse aliviado mientras Guerásim le tenÃa las piernas levantadas.
—Me encuentro mejor con los pies en alto —dijo Iván Ilich—. Ponme debajo ese cojÃn.