La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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Apenas habíamos dejado atrás las oscuras siluetas de los molinos —uno de ellos movía torpemente sus enormes aspas— y la stanitsa[1], cuando me di cuenta de que el camino se volvía más difícil, había más nieve acumulada, el viento me golpeaba con mayor fuerza por el lado izquierdo, hacía ondear las colas y las crines de los caballos de ese lado y, tozudo, hacía revolotear la nieve que levantaban los patines del trineo y las pezuñas de los caballos. La campanita se oía cada vez menos, un hilo de aire helado se coló por una minúscula abertura en una de las mangas de mi abrigo, recorriéndome la espalda, y en ese momento recordé que el maestro de postas me había aconsejado no viajar, porque corría el riesgo de errar la noche entera y acabar congelado por el camino.

—No iremos a extraviarnos, ¿verdad? —le pregunté al cochero. Pero, al ver que no me respondía, formulé la pregunta con más claridad—: ¿Qué, llegaremos a la estación, cochero? ¿No nos perderemos?

—Dios dirá —me respondió, sin volver la cabeza—, mira qué está haciendo el viento con la nieve: ya no se vislumbra ni el camino. ¡Dios Todopoderoso!

—Sería mejor que me dijeras si crees que podrás depositarme sano y salvo en la siguiente estación de postas o no —continué preguntando—. ¿Llegaremos?


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