La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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—Deberíamos llegar —dijo el cochero, y siguió balbuciendo alguna cosa que yo ya no logré oír a causa del viento.

No tenía ningunas ganas de volver, pero la perspectiva de pasar la noche entera errando en el frío y la ventisca en medio de una estepa absolutamente desnuda, como es esa parte de las tierras de los cosacos de Don, me parecía muy poco atractiva. Además, pese a que en la oscuridad no podía verlo demasiado bien, mi cochero, no sé por qué, ni me despertaba simpatía ni me inspiraba confianza. Se había sentado justo en el centro del pescante y con las piernas recogidas, en vez de dejarlas colgando en el extremo; tenía una estatura excesiva, una voz perezosa, una gorra que no parecía de cochero: era demasiado grande y le resbalaba ya de un lado, ya del otro; y además azuzaba a los caballos no como hay que azuzarlos, sino sosteniendo las riendas con ambas manos, como lo hubiera hecho un lacayo de haberse sentado en el pescante en lugar del cochero, y, lo principal, algo me impedía tenerle confianza porque llevaba las orejas cubiertas por un pañuelo. En una palabra, aquella espalda seria y encorvada que tenía yo permanentemente enfrente ni me gustaba ni me prometía nada bueno.

—Yo creo que lo mejor sería volver —me dijo Alioshka—, ¡con este tiempo no tiene gracia andar dando vueltas!


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