Resurrección

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Estaba seguro de que sus sentimientos hacia Katiusha eran sólo una manifestación de alegría de la vida que lo llenaba por aquel entonces y que compartía esa muchacha alegre y bonita. Cuando se marchaba y Katiusha, que permanecía en la escalinata con las tías, le acompañaba con sus ojos negros, llenos de lágrimas y un poco bizcos, Nejliúdov sintió que abandonaba algo maravilloso y querido que nunca volvería. Y se puso muy triste.

—Adiós, Katiusha, gracias por todo —dijo mirando por encima de la cofia de Sofía Ivánovna, instalándose en el coche.

—Adiós, Dimitri Ivánovich —contestó con su voz agradable y acariciadora y, conteniendo las lágrimas que llenaban sus ojos, corrió al zaguán donde pudo llorar a sus anchas.








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