Resurrección
Resurrección No tenía ningún trabajo, excepto salir con el uniforme, magníficamente confeccionado y limpiado no por él, sino por otros hombres, con el casco y las armas que también habían hecho, limpiado y servido otros hombres; montar sobre un magnífico caballo —criado, domado y alimentado por otros— para practicar o pasar revista, galopar, desenvainar el sable, disparar y enseñar a hacer esto a otros hombres. No tenía otra obligación. Y las personas de más alta categoría —jóvenes, viejos, el zar y sus cortesanos— no sólo aprobaban estas ocupaciones, sino que las elogiaban y agradecían que se realizasen. Después de estas obligaciones se consideraba bueno e importante despilfarrar el dinero que llegaba no se sabía de dónde, reunirse para comer y, sobre todo, beber en los clubes de los oficiales o en los restaurantes más caros; teatro, baile, mujeres, y luego otra vez montar a caballo, desenvainar los sables, galopar y de nuevo tirar dinero, beber vino, jugar a las cartas, frecuentar mujeres. Este género de vida corrompe de modo especial a los militares. Si un civil llevase esa vida, en el fondo de su alma no podría dejar de avergonzarse. Los militares consideraban que esto debe ser así, se felicitan y enorgullecen de tal existencia, sobre todo en tiempo de guerra, como sucedió con Nejliúdov, ingresado en el ejército después de declararse la guerra con Turquía. «Estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida en la guerra, por eso nuestra existencia despreocupada y alegre no sólo es perdonable, sino imprescindible para nosotros. Por eso la hacemos.»