Resurrección

Resurrección

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Nejliúdov pasó a la parte delantera. En el centro se hallaba la aristocracia: un propietario con su mujer y su hijo, éste con una chaqueta de marinero; el comisario de la policía rural, el telegrafista, un comerciante que llevaba botas altas y el decano de la parroquia, que ostentaba una medalla. A la derecha del púlpito, detrás de la esposa del propietario, estaba Matriona Pávlovna, con un vestido lila tornasolado y un chal blanco con cenefa, y Katiusha con un vestido blanco con jaretitas en el corpiño, cinturón azul y un lazo rojo en el pelo negro.

Todo era festivo, solemne, alegre y hermoso: los sacerdotes con sus casullas de plata con cruces de oro, el diácono y los sacristanes, con albas de fiesta bordadas de plata y oro; los cantores voluntarios, elegantes y con el cabello reluciente; los alegres estribillos de las canciones de fiesta, y las constantes bendiciones de los sacerdotes, alzando los cirios adornados de tres colores, mientras proclamaban: «¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!». Todo era hermoso, pero lo mejor era Katiusha con el vestido blanco, el cinturón azul, el lacito rojo en el pelo negro y los ojos resplandecientes de entusiasmo.

Nejliúdov se daba cuenta de que ella le veía sin tener necesidad de volver la cabeza. Se percató de su presencia cuando pasó cerca de ella hacia el altar. No tenía nada que decirle, y se le ocurrió susurrar:


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