Resurrección

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—Ha dicho mi tía que se desayunará después de la segunda misa.

Como siempre que le miraba, la sangre joven de la muchacha enrojeció su bonita cara, y sus ojos negros —risueños y felices—, mirando con ingenuidad desde abajo, se detuvieron en Nejliúdov.

—Lo sé —dijo, con una sonrisa.

En aquel momento, el sacristán —que se abría paso entre la gente con un cepillo de cobre en la mano— pasó al lado de Katiusha y, sin fijarse en ella, la enganchó con los faldones de su alba. Sin duda por respeto hacia Nejliúdov, se alejó y tropezó con Katiusha. A Nejliúdov le resultaba extraño que el sacristán no comprendiera que cuanto existía aquí y en todas las partes del mundo, existía sólo para Katiusha, y que se podía despreciar todo, salvo a ella, que era el centro absoluto. Para ella resplandecía el dorado iconostasio y ardían todos los cirios en los candelabros y las palmatorias, para ella eran esos alegres cánticos: «Aleluya, es la Pascua del Señor, alegraos». Todo cuanto existía de bueno en la Tierra, era para ella. Así le parecía a Nejliúdov cuando miraba su esbelta figura, con el vestido blanco y su alegre rostro reconcentrado, por cuya expresión se daba cuenta de que lo que sonaba en su alma también sonaba en la de ella.


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