Resurrección
Resurrección Durante el intervalo entre la primera y la segunda misa, Nejliúdov salió de la iglesia. La gente se apartaba dejándole paso y saludándole. Unos le reconocían, otros preguntaban: «¿De qué familia es?». Se detuvo en el atrio. Le rodearon los mendigos, entre los que repartió las monedas que llevaba en el portamonedas, y bajó las escalinatas de la iglesia.
Había clareado tanto que ya se veía, aunque el sol aún no había salido. La gente se sentó en las tumbas, alrededor de la iglesia. Katiusha se quedó dentro, y Nejliúdov se detuvo a esperarla.
La gente continuaba saliendo y pisando, con las botas claveteadas, por las losas y, bajando la escalinata, se dispersaban por el patio de la iglesia y por el cementerio.
Un viejo, el confitero de María Ivánovna, con la cabeza temblorosa, detuvo a Nejliúdov, cambió con él tres besos tradicionales, y su mujer —una viejecita cuyo cuello arrugado se veía bajo la mantilla de seda— desenvolvió de un pañuelo un huevo, amarillo como el azafrán, y se lo dio. Inmediatamente se acercó un joven campesino musculoso, sonriente, que vestía una podiovka nueva y un cinturón verde.