Resurrección
Resurrección Él mismo no sabía lo que deseaba de ella. Pero tenía la impresión de que cuando entró en su cuarto, él debió hacer algo, igual que todos en este caso, pero no lo hizo.
—Katiusha, espera —dijo.
—¿Qué desea? —preguntó, deteniéndose.
—Nada, sólo…
Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo y recordando cómo obran los hombres en un caso así, abrazó a Katiusha por el talle.
Ella se detuvo, y le miró a los ojos.
—No está bien, Dimitri Ivánovich, no —dijo enrojeciendo hasta saltársele las lágrimas, y con su mano áspera y fuerte apartó el brazo que la oprimía.
Nejliúdov la soltó, y por un segundo no sólo se sintió incómodo y avergonzado, sino asqueado de sí mismo. No comprendió que aquella incomodidad y vergüenza eran el mejor sentimiento de su alma, que pugnaba por exteriorizarse. Por el contrario, le pareció que aquello le señalaba su estupidez y que era preciso obrar como lo hacían todos.
La alcanzó otra vez, la abrazó de nuevo y la besó en la mejilla. Este beso era ya completamente distinto a aquellos dos besos: el inconsciente, que le dio detrás del seto de las lilas, y el de aquella mañana en la iglesia. Éste había sido horrible, y la muchacha se dio cuenta.