Resurrección

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Sin dejar de abrazarla, Nejliúdov la sentó en la cama y, dándose cuenta de que tenía que hacer algo más, se sentó a su lado.

—Dimitri Ivánovich, querido, por favor, déjeme —dijo con voz lastimera—. ¡Que viene Matriona Pávlovna! —gritó desasiéndose, y, en efecto, alguien se acercaba a la puerta.

—Entonces, iré a verte esta noche —prorrumpió Nejliúdov—. ¿Estás sola, verdad?

—¡Qué dice usted! ¡Por nada del mundo! Eso no —decía sólo con los labios, pero turbada, con su agitación daba a entender otra cosa.

La persona que se acercaba a la puerta era, en efecto, Matriona Pávlovna. Entró en la habitación con una manta sobre el brazo y mirando con reproche a Nejliúdov reprimió suavemente a Katiusha, porque no había cogido la manta que debía.

Nejliúdov salió en silencio. Ni siquiera se sentía avergonzado. Había visto por la expresión de la cara de Matriona Pávlovna que le censuraba, y tenía razón. Lo que hacía estaba mal hecho, pero el instinto animal había vencido su primitivo amor puro, se había apoderado de él y mandaba, sin admitir ninguna otra cosa. Ahora sabía lo que tenía que hacer para satisfacer sus deseos, y buscaba la forma de hacerlo.


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