Resurrección

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Sólo una vez, después de la guerra, con la esperanza de verla, fue a casa de sus tías, y al enterarse de que Katiusha ya no estaba, que enseguida después de su marcha se fue de la casa, que dio a luz en algún sitio —según habían oído sus tías— y que se había envilecido por completo, a Nejliúdov se le oprimió el corazón. Por el tiempo transcurrido, el niño que había dado a luz podía ser suyo, pero también podía no ser de él. Las tías aseguraban que se había envilecido y que era una naturaleza corrompida, lo mismo que su madre. Y este juicio de sus tías le resultaba agradable, porque era como si le justificase. Al principio, a pesar de todo, quiso buscarla a ella y al niño, pero precisamente porque en el fondo de su alma sentía demasiado dolor y vergüenza, no hizo los esfuerzos necesarios para encontrarla, se olvidó de su pecado y dejó de pensar en él.

Pero ahora, esta extraordinaria casualidad le recordaba todo y le exigía que reconociese su falta de corazón, su crueldad y su infamia, que le había permitido vivir tranquilamente estos diez años con ese pecado sobre la conciencia. Pero estaba todavía lejos de reconocerlo, y ahora sólo pensaba en la forma de que todo aquello no se conociera y ella o sus defensores no lo contaran y no le avergonzaran en público.


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