Resurrección
Resurrección «Bueno ¿y qué hacer? Siempre es así. Eso le pasó a Shembok con la institutriz, según contaba él mismo; así ocurrió con el tío Grisha; así pasó con mi padre, cuando vivía en la aldea y tuvo con aquella campesina un hijo natural, Mítienka, que vivía aún. Si todos proceden de ese modo, debe hacerse así.» De esta manera trataba de tranquilizarse, pero sin conseguirlo. Este recuerdo le abrasaba la conciencia. En lo más hondo de su alma sabía que actuó de un modo tan vil, tan bajo y cruel que, reconociendo esta conducta, no sólo no podía juzgar a nadie, sino ni siquiera mirarle a la cara. Sin hablar ya de considerarse un joven encantador, noble y magnánimo, por el que siempre se había tenido. Sin embargo, debía considerarse como tal, para continuar viviendo alegre y animado. Para eso no había más que un recurso: no pensar en lo ocurrido. Y así lo hizo.
La nueva vida que le esperaba —nuevos lugares, los camaradas, la guerra— le ayudaron en esto. Y cuanto más vivía tanto más iba olvidando y, en efecto, finalmente, olvidó por completo.