Resurrección
Resurrección También pensaba que era una lástima marcharse ahora, sin haber gozado plenamente del amor con ella, pero la irremisible necesidad de marcharse tenía la ventaja de romper inmediatamente las relaciones, que hubiera resultado difícil mantener. Creía también que debía darle dinero, no para ella, no porque ese dinero pudiera hacerle falta, sino porque siempre se hacía así en tales circunstancias. Le considerarían un hombre sin honor si después de haberse aprovechado de ella no le hubiese pagado. Y le dio ese dinero, la cantidad que consideraba conveniente con relación a sus respectivas posiciones.
El día de la marcha, después de comer, la esperó en el zaguán. Se arrebató al verle y quiso pasar de largo, indicándole con los ojos la puerta abierta de la habitación de las criadas, pero él la retuvo.
—Quería despedirme —dijo, arrugando en la mano un sobre con un billete de cien rublos—. Yo he…
Comprendió lo que era, frunció el ceño, sacudió la cabeza y rechazó su mano.
—No, cógelo —farfulló y le metió el sobre por el escote y, como si se hubiese quemado, haciendo una mueca y lanzando un gemido, corrió a su habitación.
Después de esto, durante mucho tiempo, estuvo paseando por la habitación y cada vez que recordaba esa escena se encogía y hasta daba saltos y gemía, como si experimentase un dolor físico.