Resurrección
Resurrección Cuando el ujier, con su ladeada forma de andar, entró en la habitación de los jurados para invitarles de nuevo a pasar a la sala, Nejliúdov sintió terror, como si no fuera él quien iba a juzgar, sino que lo llevaran a juicio. En el fondo de su alma se sentía ya un miserable a quien debería dar vergüenza mirar a los ojos a la gente; sin embargo, por la fuerza de la costumbre, con aire de autosuficiencia y seguridad entró en la sala, subió al estrado y se sentó en su sitio —el segundo después del presidente—, cruzó las piernas y se puso a juguetear con las lentes.
A los acusados también les condujeron a alguna parte, y en aquel momento acababan de traerlos.
En la sala había caras nuevas, eran los testigos. Nejliúdov se dio cuenta de que Máslova miraba repetidas veces, como si no pudiera apartar los ojos, a una mujer gruesa, muy elegante, vestida de seda y terciopelo, un sombrero alto con un gran lazo y un elegante bolso colgado del brazo desnudo hasta el codo, que estaba sentada en la primera fila detrás de la barandilla. Según supo después, era la dueña del establecimiento donde había vivido Máslova.