Resurrección

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Comenzó el interrogatorio de los testigos: nombre, religión, etc., y, por último, si querían declarar bajo juramento o no. Otra vez arrastrando con dificultad las piernas, apareció el viejo sacerdote y de nuevo, arreglándose la cruz de oro sobre la seda del hábito, con la misma tranquilidad y seguridad de quien cumple un deber totalmente útil e importante, llevó a los testigos y al perito al atril. Terminada la ceremonia, se llevaron a todos los testigos, dejando sólo uno, precisamente a Kitáieva, la dueña de la casa de tolerancia. Le preguntaron acerca de lo que sabía sobre este asunto. Con una sonrisa afectada, moviendo su ensombrerada cabeza ante cada frase, con acento alemán, expuso los hechos de forma coherente y ordenada.

El comienzo fue la llegada a su establecimiento del camarero Simón, al que conocía, en busca de una muchacha para un rico comerciante siberiano.

—El comerciante estaba ya en éxtasis —decía Kitáieva, sonriendo ligeramente— y en mi casa continuó bebiendo y convidando a las chicas. Pero como le faltó dinero, mandó a su habitación a Liubov, por la cual sentía predilección —dijo, mirando a la acusada.

A Nejliúdov le pareció que Máslova había sonreído al oír esto, y esa sonrisa le desagradó. Le invadió un sentimiento indeterminado, una mezcla de asco y de compasión.


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