Resurrección
Resurrección —También el opio podía haberle envenenado —comentó el coronel, a quien gustaba meterse en digresiones. Y a propósito de esto empezó a contar que la mujer de su cuñado se había intoxicado con opio, y que hubiera muerto de no encontrarse cerca el médico y haber tomado medidas a tiempo. El coronel hablaba con tono tan seguro de sí mismo y tan digno, que nadie tuvo valor para interrumpirle. Sólo el dependiente, contagiado por el ejemplo, se atrevió a interrumpirle para contar su historia.
—Algunos se acostumbran de tal manera —empezó— que pueden tomar hasta cuarenta gotas; tengo un pariente…
Pero el coronel no se dejó interrumpir y prosiguió el relato de la influencia que había tenido el opio en la mujer de su cuñado.
—Pero si ya son las cinco, señores —dijo uno de los jurados.
—Entonces ¿qué, señores? —intervino el presidente—. La reconocemos culpable, sin intención de pillaje y sin haber robado el dinero. ¿No es así?
Piotr Guerasímovich, satisfecho de su victoria, accedió.
—Pero con circunstancias atenuantes —agregó el comerciante.
Todos se mostraron conformes. Sólo el artesano insistía en que no era culpable en absoluto.