Resurrección
Resurrección «No; es imposible dejar esto asû, se dijo Nejliúdov olvidando por completo el mal sentimiento que habÃa tenido y —sin saber por qué— se apresuró a salir al pasillo, para verla otra vez. En la puerta se apiñaban, en inquietos corrillos, los miembros del jurado y abogados que acababan de abandonar la sala, contentos con el final del proceso. Taponaban la puerta, y Nejliúdov se vio detenido unos minutos. Cuando pudo salir al pasillo, ella ya estaba lejos. Con pasos rápidos, sin pensar en que atraerÃa la atención de todos, la alcanzó, la adelantó y se detuvo. HabÃa dejado ya de llorar y sólo de cuando en cuando se estremecÃa por un sollozo, limpiándose la cara enrojecida con la punta del pañuelo, y pasó ante él sin volverse. Dejándola pasar se apresuró a volver atrás para ver al presidente, pero éste ya se habÃa marchado.
Sólo en la porterÃa logró alcanzarle.
—Señor presidente —dijo Nejliúdov, acercándose a él cuando se ponÃa su abrigo claro y cogÃa el bastón con empuñadura de plata, que le entregaba el portero—. ¿Puedo hablar con usted del asunto que acaba de fallarse? Soy jurado.