Resurrección

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—Está bien. Mañana estudiaré el asunto. Y pasado mañana, no, el jueves, venga a verme a las seis de la tarde, y le daré la contestación. ¿Le parece? Ahora, vayámonos; todavía tengo que pedir aquí unos informes.

Nejliúdov se despidió y salió.

La conversación con el abogado y el hecho de que ya había tomado sus medidas a favor de Máslova le tranquilizaron. Salió a la calle. El tiempo era espléndido, y aspiró alegremente el aire primaveral. Los cocheros le ofrecían sus servicios, pero se marchó a pie. Inmediatamente le invadió un enjambre de ideas y recuerdos sobre Katiusha, y la forma en que había obrado con ella empezó a darle vueltas en la cabeza. Se puso triste y todo le pareció sombrío. «No, después pensaré sobre esto —se dijo—. Ahora, por el contrario, debo distraerme de estas penosas impresiones.»

Se acordó de la comida de los Korchaguin, y consultó el reloj. Todavía no era tarde, y podía llegar a la comida. A su lado sonaron los cascabeles de un tranvía de mulas. Echó a correr y subió en marcha. Bajó en la plaza, tomó el mejor coche, y al cabo de diez minutos, estaba en la puerta de la gran casa de los Korchaguin.


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