Resurrección

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Nejliúdov rodeó la mesa, estrechando las manos. Todos, salvo el viejo Korchaguin y las damas, se levantaron cuando se acercaba a saludar. Aquel rodeo a la mesa y el estrechar la mano a los presentes —con la mayoría de los cuales no había hablado nunca— le pareció ahora especialmente desagradable y ridículo. Se disculpó por haber llegado tarde, y cuando iba a sentarse en el sitio que había desocupado en el extremo de la mesa, entre Missy y Katerina Alexéieva, el viejo Korchaguin le rogó que, ya que no bebía vodka, tomase al menos unos aperitivos en la mesa donde había langosta, caviar, quesos y almendras. Nejliúdov no se imaginaba que pudiera tener tanta hambre, pero al empezar a comer pan con queso no pudo detenerse y comió con avidez.

—Bueno ¿y que? ¿Han socavado los cimientos? —preguntó Kolosov, empleando irónicamente la expresión de un periódico retrógrado, que se había mostrado en contra de los jurados—. Han absuelto a los culpables y han condenado a los inocentes ¿no?

—Han socavado los cimientos… han socavado los cimientos… —repetía, riéndose, el príncipe, que tenía una confianza ilimitada en la inteligencia y el saber de su liberal compañero y amigo.

Nejliúdov, a riesgo de ser descortés, no contestó nada a Kolosov, y sentándose ante la sopa humeante, continuó masticando.


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