Resurrección
Resurrección Missy tenÃa muchos deseos de casarse, y Nejliúdov era un buen partido. Además, le gustaba y se habÃa hecho a la idea de que serÃa suyo —no ella suya, sino él de ella—, y con una astucia inconsciente, pero tenaz como suelen tener los enfermos mentales, perseguÃa su objetivo. Inició con él la charla con objeto de hacer que se declarara.
—Veo que le ha ocurrido algo —dijo—. ¿Qué le pasa?
Recordó el encuentro que habÃa tenido en el Juzgado, frunció el ceño y enrojeció.
—SÃ, me ha ocurrido algo —dijo, queriendo ser sincero—, algo extraño, poco corriente y muy importante.
—¿Qué ha sido? ¿No me lo puede decir?
—Ahora no puedo. PermÃtame que no lo diga. Me ha pasado algo que todavÃa no he tenido tiempo de meditar —dijo, y enrojeció más todavÃa.
—¿Y no me lo va a decir? —le tembló un músculo de la cara, y apartó la silla en que se habÃa apoyado.
—No, no puedo —contestó, dándose cuenta de que se contestaba también a sà mismo y reconociendo que, efectivamente, le habÃa sucedido algo muy importante.
—Bueno, como quiera.