Resurrección

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Al darse cuenta de que Nejliúdov estaba de mal humor y que no era posible interesarle con una conversación agradable y culta, Sofía Vasílievna se encaró con Kolosov pidiendo su opinión sobre un drama nuevo, con un tono que daba a entender que la opinión de Kolosov acabaría con todas sus dudas y que cada una de sus palabras sería inmortal. Kolosov criticaba el drama y con este motivo exponía sus juicios sobre el arte. La princesa Sofía Vasílievna se asombró de la exactitud de su juicio, defendió al autor de la obra, pero enseguida se daba por vencida o buscaba un término medio. Nejliúdov miraba y escuchaba, pero veía y oía algo totalmente distinto a lo que sucedía ante él. Veía, en primer lugar, que ni a Sofía Vasílievna ni a Kolosov les importaba en absoluto el drama ni se interesaban el uno por el otro y que si hablaban era sólo con objeto de satisfacer una necesidad fisiológica —después de comer— de mover los músculos de la lengua y la garganta; en segundo lugar, que Kolosov había bebido vodka, vino y licores y estaba un poco ebrio, pero no como suelen estarlo los campesinos que beben raras veces, sino como lo están los hombres que han convertido el vino en una costumbre. No se tambaleaba, ni decía tonterías, pero se encontraba en un estado de excitación anormal, y satisfecho de sí mismo. En tercer lugar, Nejliúdov se percató de que la princesa Sofía Vasílievna, en medio de la conversación, lanzaba miradas inquietas a la ventana a través de cuyos visillos empezaba a llegar hasta ella un rayo de sol oblicuo, que podía iluminar con demasiada fuerza sus arrugas.


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