Resurrección
Resurrección En la puerta principal se abrió el rastrillo y, atravesando el umbral hacia el patio, los soldados con la detenida salieron del recinto y se encaminaron por las empedradas calles de la ciudad.
Cocheros, dependientes, cocineras, obreros y empleados se paraban y miraban con curiosidad a la detenida; algunos movían la cabeza y pensaban: «He aquí a lo que conduce una mala conducta, distinta a la nuestra». Los niños miraban con terror a la criminal; sólo les tranquilizaba que la seguían dos soldados, y que ahora ya no podría hacer daño. Un campesino, que acababa de vender carbón en una taberna y de beber té, se acercó a ella, se santiguó y le entregó un cópec. La detenida se ruborizó, inclinó la cabeza y murmuró algo.
Sintiendo las miradas que le dirigían, y sin volver la cabeza, Máslova miraba de reojo. Le agradaba que se fijasen en ella. También le alegraba el aire limpio y primaveral, muy distinto del de la cárcel. Pero se hacía daño al pisar las piedras, había perdido la costumbre de andar y el calzado de presidiaria era basto e incómodo. Miraba el suelo y procuraba pisar lo mejor posible. Al pasar junto a una tienda de harinas, ante la cual se contorneaban, sin ser molestadas por nadie, unas palomas, estuvo a punto de enganchar una. La paloma echó a volar y, agitando las alas, pasó junto a la oreja de la detenida, llenándola de aire. Sonrió y, después, suspiró profundamente, recordando su situación.