Resurrección
Resurrección —Pero sobre todo, no hables más de la cuenta. Mantente en una cosa, y se acabó.
—A decir verdad, es lo mismo. Sea una cosa u otra, ya no podrá ser peor —dijo Máslova sacudiendo la cabeza.
—Ya se sabe que será una cosa y no dos —comentó el jefe de los carceleros, convencido de su ingenio—. ¡Sígueme! ¡En marcha!
El ojo de la vieja desapareció de la mirilla; Máslova salió al centro del corredor y, con pasos rápidos y menudos, siguió detrás del jefe de los carceleros. Bajaron la escalera de piedra y pasaron ante las salas de los hombres, todavía más ruidosas y malolientes que las de las mujeres, desde las cuales, por todas partes, les acompañaban los ojos a través de las mirillas. Entraron en la oficina, donde ya esperaban dos soldados de escolta con fusiles. El escribiente, que estaba sentado, entregó a uno de los soldados un papel impregnado de humo de tabaco y, señalando a la detenida, le dijo: «Hazte cargo de ella». El soldado —un campesino de Nizhni Nóvgorod, de cara colorada y picada de viruelas— guardó el papel en la bocamanga del capote, sonrió e hizo un guiño a su compañero —un hombre de pómulos anchos—, aludiendo a la detenida. Los soldados y Máslova bajaron la escalera, dirigiéndose hacia la salida principal.