Resurrección

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Al cabo de un par de minutos salió por la puerta, con paso vigoroso, se dio una vuelta rápida y se colocó al lado del carcelero una mujer joven, de mediana estatura y senos voluminosos. Encima de la blusa y falda blancas llevaba un guardapolvo gris, medias de algodón y zapatos de presidiaria, y cubría su cabeza con un pañuelo blanco del que asomaban —sin duda intencionadamente— varios rizos negros. Su cara tenía la palidez característica de las personas que han permanecido mucho tiempo en un lugar cerrado, y que recuerda los brotes de las patatas guardadas en un sótano. Así eran también sus pequeñas y anchas manos y su cuello blanco y lleno, que dejaba ver el amplio escote del guardapolvo. En aquel rostro de palidez mate resaltaban unos ojos negros muy brillantes, algo hinchados, pero muy vivos, uno de los cuales bizqueaba ligeramente. Se mantenía muy erguida, sacando el voluminoso busto. Al salir al corredor inclinó un poco la cabeza, miró fijamente a los ojos del guardián y se detuvo dispuesta a cumplir lo que se le exigiera. El guardián iba a cerrar la puerta cuando se asomó el rostro pálido de una vieja, grave, surcado de arrugas y con el pelo canoso. Empezó a decir algo a Máslova. Pero el guardián empujó la puerta sobre la cabeza de la vieja y ésta desapareció. En la sala se oyó una risa femenina. Máslova también sonrió, y se volvió a la pequeña mirilla enrejada de la puerta. Del otro lado, la vieja, que se había acercado, dijo con voz ronca:


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