Resurrección
Resurrección Rezaba, pedía a Dios que le ayudara, que viniese con él y lo purificara y, sin embargo, lo que pedía ya se había realizado. Dios, que habitaba en él, se había despertado en su conciencia. Notó que estaba dentro de él y por ello experimentó no sólo una sensación de libertad, coraje y alegría de vivir, sino toda la fuerza del bien. Lo mejor que pudiese hacer el hombre, se sentía ahora capaz de hacerlo.
Cuando se decía esto, tenía los ojos llenos de lágrimas buenas y malas; buenas porque las había producido la alegría de haber despertado en él aquel ser espiritual que durante todos estos años estuvo dormido dentro; malas, porque eran de emoción ante sí mismo y ante su propia virtud.
Sintió calor. Se acercó a la ventana y la abrió. Daba sobre el jardín. Hacía una noche de luna silenciosa y fresca; por la calle se oyó el estrépito de unas ruedas, y todo quedó en silencio. Justo debajo de la ventana, sobre la arena de un arriate se proyectaba la sombra de las ramas desnudas de un alto abedul. A la izquierda, el tejado de la cochera —bañado por los rayos de luna— parecía blanco. Delante se entrelazaban las ramas de los árboles, a través de los cuales se veía la sombra negra de la valla. Nejliúdov miraba el jardín iluminado por la luna, el tejado y la sombra del abedul, y aspiraba el aire fresco y vivificador.