Resurrección
Resurrección Durante uno de los descansos del proceso, cuando los guardianes en presencia suya comÃan pan y huevos duros, se le llenó la boca de agua y sintió hambre, pero consideraba humillante pedirles. Después de transcurrir tres horas ya no tenÃa hambre y sólo se sentÃa débil. En este estado de ánimo escuchó su inesperada sentencia. En el primer momento creyó que habÃa oÃdo mal, no podÃa creer lo que estaba oyendo, ni concebir la idea de los trabajos forzados. Pero viendo la tranquilidad que reflejaban los rostros diligentes de los jueces y jurados, que habÃan escuchado esta sentencia como algo totalmente natural, se sublevó y gritó con todas las fuerzas que no era culpable. Pero al comprobar que su grito fue escuchado también como algo natural y esperado y nada podÃa cambiar su situación, debiendo someterse a aquella cruel injusticia cometida con ella y que la sorprendió, rompió en sollozos. Lo que más le extrañaba era que la hubieran condenado los hombres —jóvenes, y no viejos—, aquellos mismos que siempre la miraban tan afectuosos. El único que le habÃa parecido distinto era el fiscal. Mientras esperaba en la sala de los detenidos a que se celebrara el juicio y durante los descansos, se habÃa dado cuenta de cómo esos hombres —fingiendo que iban a otra cosa— pasaban al lado de la puerta o entraban en la habitación sólo para mirarla de arriba abajo. Y de pronto, esos mismos, sin saber por qué, la habÃan condenado a trabajos forzados, a pesar de que era inocente de lo que la acusaban. Al principio habÃa llorado, pero luego se calló y en un estado de completo atolondramiento permanecÃa sentada en la sala de los detenidos, esperando que se la llevaran. Ahora, sólo deseaba una cosa: fumar. En ese estado de ánimo la encontraron Bochkova y Kartinkin, a quienes después de la condena llevaron a la misma habitación. Bochkova inmediatamente empezó a insultar a Máslova y a llamarla presidiaria.