Resurrección
Resurrección —¿Qué? ¿Te has dado cuenta? No has podido librarte, maldita zorra. Te lo merecías. Seguramente en presidio dejarás de presumir.
Máslova permanecía sentada, metidas las manos en las mangas del guardapolvo y, con la cabeza muy inclinada, miraba inmóvil el suelo pisoteado.
—No me meto con vosotros, así que dejadme en paz —repitió unas cuantas veces, y después guardó silencio. Sólo se animó un poco cuando se llevaron a Kartinkin y Bochkova, y el guardián le trajo tres rublos.
—¿Eres tú Máslova? —preguntó—. Toma, te lo ha traído una señora —añadió entregándole el dinero.
—¿Una señora?
—Cógelo, anda. ¡Como si uno tuviese tiempo de hablar con vosotros!