Resurrección
Resurrección Aún era de día, y sólo dos mujeres permanecían acostadas en los catres: una de ellas, con la cabeza tapada con el guardapolvo —una idiota, detenida por indocumentada—, casi siempre estaba durmiendo; la otra, tuberculosa, condenada por robo, permanecía acostada con el guardapolvo debajo de la cabeza, los ojos muy abiertos, haciendo un esfuerzo para no toser y reteniendo los esputos que le hacían cosquillas en la garganta. De las demás mujeres —que iban a pelo y llevaban una camisa basta de lienzo por toda ropa—, algunas permanecían sentadas en los catres y cosían, otras, junto a las ventanas miraban a los presos que pasaban por el patio. De las tres mujeres que cosían, una era la vieja que había acompañado a Máslova hasta la puerta, Korabliova. Mujer fuerte y alta, de aspecto taciturno, ceño fruncido, surcada de arrugas, con una bolsa de piel colgando bajo el mentón, una corta trenza rubia, pelos blancos en las sienes y una verruga peluda en la mejilla. Estaba condenada a trabajos forzados por haber matado a su marido con un hacha. Le había matado porque acosaba a una hija suya. Era la jefa de la sala, y comerciaba con vino. Tenía puestos los lentes para coser y sujetaba la aguja con sus grandes manos al estilo campesino, es decir, con tres dedos y la punta vuelta hacia sí. A su lado permanecía sentada y cosía sacos de lona una mujer morena, de pequeña estatura, chata, con ojillos negros, bondadosa y muy charlatana. Era una guardabarrera condenada a tres años de cárcel por no haber hecho la señal con la bandera al paso del tren, provocando un accidente. La tercera mujer que estaba cosiendo, Fedosia —Fénichka, como la llamaban sus compañeras—, era de piel blanca, de buenos colores, ojos azules claros de expresión infantil, con dos largas trenzas de color castaño claro, enrolladas en su mediana cabeza, muy joven y graciosa. Se encontraba en la cárcel por haber intentado envenenar a su marido. Intentó hacerlo inmediatamente después de la boda. La habían casado a los dieciséis años. Durante los ocho meses que permaneció en libertad provisional esperando el juicio, no sólo se reconcilió con su marido, sino que se enamoró de él de tal forma, que cuando llegó el juicio vivían como dos tórtolos. A pesar de que su marido, su suegro y de modo especial su suegra, que le había tomado cariño, intentaron por todos los medios justificarla durante el juicio, fue condenada a trabajos forzados y deportada a Siberia.