Resurrección
Resurrección Bondadosa, alegre, siempre risueña, Fedosia era vecina de catre de Máslova y no sólo le había tomado cariño, también se impuso la obligación de preocuparse por ella y servirla. Otras dos mujeres se encontraban sentadas en los catres sin hacer nada; una, de unos cuarenta años, probablemente había sido muy bonita, ahora de cara enjuta, pálida y arrugada, sostenía en brazos una criatura a la que daba de mamar de un pecho blanco y lacio. Su delito consistía en que cuando en su aldea se llevaban a uno joven —reclutado ilegalmente, según el criterio de los campesinos—, las gentes pararon al comisario y le arrebataron al muchacho. La mujer, tía del muchacho, fue la primera en coger por la brida al caballo en el cual se lo llevaban. También permanecía sentada, sin hacer nada, una viejecita de aspecto bondadoso, de pequeña estatura, cubierta de arrugas, con el pelo blanco y jorobada. La viejecita, sentada en el catre junto a la estufa, fingía que agarraba a un niño de cuatro años, de pelo muy corto, con gran barriga, que corría alrededor muerto de risa. El niño, que no llevaba más que una camisita, pasaba corriendo delante de ella y no hacía más que repetir: «¿A que no me pillas?». Esta mujer, declarada cómplice de su hijo en una tentativa de incendio, sobrellevaba su condena con la mayor resignación, afligiéndose sólo por su hijo —que cumplía condena al mismo tiempo— y más que nada por su marido, que temía que se llenara de piojos. La nuera se había marchado, y nadie se ocupaba de él.