Resurrección

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Otras cuatro permanecían junto a las ventanas abiertas y, agarrándose a la reja de hierro, por señas y gritos hablaban con los presidiarios que pasaban por el patio, los mismos con quienes se había tropezado Máslova a la entrada. Una de ellas, condenada por robo, alta, gruesa, de cuerpo fofo, pelirroja y pálida, amarilla y cubierta de pecas, de gruesos brazos y cuello que se destacaba por el escote desabrochado, gritaba a través de la ventana, con voz ronca, palabras indecentes. Junto a ella permanecía una mujer —con la estatura de una niña de diez años— negruzca, contrahecha, con el talle bajo y las piernas muy cortas. Tenía la cara roja con manchas, los ojos negros y muy distanciados, labios gruesos y cortos, que dejaban al descubierto sus dientes blancos y salientes. Con un sonido chillón y entrecortado se reía de lo que estaba ocurriendo en el patio. Esta detenida —a quien llamaban Joroshavka[27], a causa de su presunción— estaba condenada por robo e incendio. Detrás de ella, una mujer con una camisa gris muy sucia, de aspecto lastimoso, delgada, con un enorme vientre de embarazada, que cumplía condena por encubrimiento de robo, permanecía en silencio, pero no dejaba de reír con aprobación y ternura a cuanto sucedía en el patio. La cuarta mujer que permanecía junto a la ventana estaba cumpliendo castigo por venta clandestina de aguardiente. Era de baja estatura, rechoncha, pueblerina, con los ojos saltones y rostro apacible. Era la madre del niño que jugaba con la vieja, y de una niña de siete años que también estaba con ella en la cárcel, porque no tenía a nadie con quien dejarlos. Lo mismo que las demás, miraba por la ventana mientras hacía calceta, fruncía el ceño con gesto de desaprobación y cerraba los ojos al oír lo que decían desde el patio los presos que pasaban. Su hija, la niña de siete años, con el pelo suelto casi blanco, vestida con una camisita, sujetaba con la manita delgada la falda de la mujer pecosa y escuchaba muy atenta con los ojos abiertos las palabras obscenas que se cruzaban entre las mujeres y los detenidos, repitiéndolas en un susurro, como para aprendérselas. La presidiaria que hacía el número doce era la hija de un diácono, que había ahogado en un pozo a su hijo recién nacido. Muchacha alta, bien proporcionada, los cabellos revueltos, que se desprendían de su trenza color castaño, y los ojos salientes e inmóviles. No hacía el menor caso a cuanto ocurría alrededor suyo. Sólo con una camisa gris sucia, paseaba descalza de un lado a otro por el espacio libre de la sala, volviéndose bruscamente cuando llegaba a la pared.


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