Resurrección
Resurrección Cuando sonó el ruido del candado e hicieron entrar a Máslova en la sala, todas se volvieron hacia ella. Incluso la hija del diácono se detuvo un momento, miró a la recién llegada, arqueó las cejas, pero no dijo nada e inmediatamente continuó andando con pasos grandes y resueltos. Korabliova clavó la aguja en la dura arpillera y miró a Máslova, por encima de los lentes, con expresión interrogante.
—¡Vaya! Has vuelto. Pues yo pensaba que te iban a absolver —dijo con su voz ronca de bajo, casi masculina—. Por lo visto te han empapelado.
Se quitó los lentes y los puso en el catre, junto a la labor.
—La abuela y yo, querida, hablábamos de que te soltarían enseguida. También dicen que a veces ocurre así. Incluso te dan dinero, eso depende —empezó a decir la guardabarrera con voz cantarina—. ¡Ah! ¡Mira que haber vuelto! Se ve que no estamos de suerte. Por lo visto está de Dios, guapa —prosiguió una retahíla cariñosa con agradable voz.
Sin contestar, en silencio, Máslova pasó a su sitio —el segundo del extremo, junto a Korabliova— y se sentó en las tablas del catre.
—Me parece que no has comido —dijo Fedosia, levantándose y acercándose a ella.