Resurrección
Resurrección —Ha sido severa porque no tiene dinero. En otro caso hubiese contratado un buen abogado y no temas, la hubieran absuelto —dijo Korabliova—. Aquél, ¿cómo demonios se llama? Melenudo, de grandes narices… Aquél, amiga mÃa, la saca a una del agua. Si lo hubiera llamado…
—¿Cómo le iba a llamar? —dijo enseñando los dientes Joroshavka, que se habÃa sentado junto a ellas—. A ése por menos de mil rublos no le haces ni escupir.
—SÃ, por lo visto es tu destino —terció la viejecita condenada por incendiaria—. A ver si es fácil: arrebatan la mujer a mi hijo que es joven, encima le meten en la cárcel; también a mà me han separado del viejo y le dejan solo para que se lo coman los piojos, y me encarcelan, en mi vejez… —empezó a contar por centésima vez su historia—. De la mendicidad o de la cárcel no te puedes librar. Si no es mendicidad, entonces es cárcel.
—Por lo visto, todos hacen lo mismo —dijo la vendedora ilegal, y mirando a la niña, puso la calceta a un lado, atrajo hacia sà la cabeza de la pequeña poniéndola entre las rodillas y con dedos ágiles empezó a buscar piojos—. «¿Para qué vendes vino?», me preguntaron. «¿Y con qué voy a alimentar a los hijos?», les contesté, y continuó su trabajo habitual.