Resurrección
Resurrección —No, Agrafena Petrovna, seguro que no me harán falta —dijo Nejliúdov contestando a lo que expresaba con aquel movimiento de cabeza—. DÃgale, por favor, a Korniéi que le pagaré dos meses por adelantado, pero que no le necesito.
—Hace mal, Dimitri Ivánovich —dijo—. Aunque vaya al extranjero, siempre necesitará el piso.
—No se trata de lo que usted piensa, Agrafena Petrovna. No voy a ir al extranjero. Si me voy de aquÃ, será a un sitio muy distinto.
De pronto, enrojeció como una amapola.
«SÃ, tengo que decÃrselo —pensó—, no hay por qué callar, y hace falta decÃrselo a todos.»
—Me sucedió ayer una cosa muy extraña y muy importante. ¿Se acuerda usted de Katiusha, que vivÃa en casa de mi tÃa MarÃa Ivánovna?
—¡Cómo no! Si yo le enseñé a coser.
—Bien, pues ayer en el Palacio de Justicia han juzgado a esa Katiusha, y yo era miembro del jurado.
—¡Ay, Dios mÃo, qué lástima! —exclamó Agrafena Petrovna—. ¿Y de qué la acusaban?
—De asesinato, y yo tengo la culpa de todo.
—¿Cómo ha podido usted hacer eso? Es muy extraño lo que está diciendo —prosiguió Agrafena Petrovna, y en sus ancianos ojos se encendieron dos chispas joviales.