Resurrección
Resurrección Su matrimonio con Missy, que todavía ayer le parecía tan cercano, se le antojaba ahora completamente imposible. Ayer entendía las cosas de tal forma que le parecía que la muchacha sería feliz casándose con él; ahora consideraba indigno no sólo ser su esposo, sino su amigo. «Si supiera cómo soy, no me recibiría por nada del mundo. ¡Y yo encima le reprochaba su coqueteo con aquel señor! Aunque ella consintiera ahora casarse conmigo, ¿acaso podría yo ser feliz, ni tan siquiera estar tranquilo sabiendo que esa desdichada está en prisión, y que mañana o pasado partirá hacia los trabajos forzados? Aquella mujer, perdida por culpa mía, marcharía a Siberia mientras yo estaría aquí recibiendo felicitaciones y haciendo visitas con mi joven esposa. O estaré con el mariscal de la nobleza, al que engañaba vergonzosamente con su mujer, contando los votos sobre la nueva ley de inspección escolar de la región y cosas por el estilo, y luego me daré cita con su mujer —¡qué indecencia!—; o continuaré pintando el cuadro que, por lo visto, no se terminará nunca, porque no me corresponde ocuparme de estas futilezas. Ahora no puedo hacer nada de esto», se decía sin dejar de alegrarse del cambio interior experimentado.
«Ante todo —pensaba— ahora debo ver al abogado y enterarme de lo que ha decidido, y luego… luego ir a verla a la prisión, y contárselo todo.»