Resurrección

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XXXIV

Al llegar al Palacio de Justicia, Nejliúdov se encontró en el pasillo con el ujier de la víspera. Le preguntó dónde se encontraban los que habían salido condenados, y de quién dependía que autorizaran para verlos. El ujier le explicó que los procesados se encontraban en distintos lugares y que hasta el momento en que la sentencia se hiciera firme la autorización para verlos dependía del fiscal.

—Yo mismo le explicaré y le acompañaré después de la sesión. El fiscal no ha llegado todavía. Ahora, por favor, dese prisa. Va a empezar la vista.

Nejliúdov dio las gracias al ujier, que en aquel momento le pareció muy digno de lástima, y se fue a la sala de los jurados.

En el momento en que se dirigía a la sala, ya salían los jurados para entrar en la audiencia. El comerciante estaba igual de contento y había tomado un bocado y un trago igual que la víspera, y acogió a Nejliúdov como a un viejo amigo. Piotr Guerasímovich no produjo en él ninguna impresión desagradable por su familiaridad y su risa.


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