Resurrección
Resurrección «¡Cuántos enormes esfuerzos requiere esta ficción! —continuaba pensando Nejliúdov, examinando aquella enorme sala, aquellos retratos, lámparas, sillones, togas, aquellas paredes macizas, aquellas ventanas; recordó la grandiosidad de aquel edificio y la todavía mayor grandiosidad de la institución en sí, con su legión de funcionarios, escribientes, guardias y ujieres, no sólo aquí, sino en toda Rusia, que percibían un sueldo por esa comedia que nadie necesitaba—. Si al menos empleáramos una centésima parte de esos esfuerzos en ayudar a esos seres abandonados a quienes miramos ahora como si fueran sólo unos brazos y unos cuerpos, imprescindibles únicamente para nuestra tranquilidad y nuestra comodidad. Hubiera sido suficiente que apareciera una persona —seguía pensando Nejliúdov, mirando la cara enfermiza y asustada del muchacho— que se compadeciera de él cuando por necesidad le mandaron del pueblo a la capital y le hubiera ayudado en esa necesidad; o incluso cuando ya se encontraba en la ciudad y, después de doce horas de trabajo en la fabrica, iba con sus compañeros de más edad que él a la taberna para distraerse. Si entonces hubiera surgido una persona que le dijera: “No vayas, Vania; eso no está bien”, el muchacho no habría ido, ni se habría pervertido, ni habría llegado a robar.»