Resurrección

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Pensaba que por nada del mundo se casaría con un condenado a trabajos forzados en Sajalin, y que se arreglaría de alguna otra forma: con alguno de los jefes, el escribiente, aunque fuera con un vigilante o un carcelero. Todos estarían ávidos de eso. «Con tal de no adelgazar. Si adelgazo, estoy perdida.» Recordó cómo la miraba el abogado defensor, el presidente del Tribunal y los hombres que, a propósito, habían ido para pasar delante de ella en la sala de detenidos. Recordó también cómo Berta —que la había visitado en la cárcel— le había contado que el estudiante a quien quería Máslova cuando estaba en casa de Kitáieva, había ido allí, preguntando por ella y sentido mucho lo que le pasaba. Se acordó de la lucha de la pelirroja, y le dio pena de ella; del panadero, que le había mandado un panecillo más; de muchos otros, pero únicamente no pensó en Nejliúdov. No recordaba nunca su infancia y juventud ni, sobre todo, su amor con Nejliúdov. Era demasiado doloroso. Estos recuerdos permanecían en lo más recóndito de su alma, intocables. Ni siquiera nunca soñaba con Nejliúdov. Ahora, en el juicio, no le había reconocido, y no porque cuando le vio la última vez vestía de militar, no llevaba barba, tenía un pequeño bigote y, aunque corto, tenía el pelo espeso y rizado y ahora era un hombre de aspecto decrépito, con barba, sino porque ahora no pensaba nunca en él. Había sepultado todos los recuerdos de su pasado con él, aquella terrible y oscura noche, cuando al regresar de la guerra, no pasó por la casa de sus tías.


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