Resurrección
Resurrección Extenuada, calada hasta los huesos, sucia, volvió a casa y, desde ese momento, empezó a realizarse aquella transformación en su alma, a consecuencia de la cual llegó a convertirse en lo que era ahora. A partir de aquella terrible noche dejó de creer en la existencia del bien. Antes creía y pensaba que la gente también creía, pero desde esa noche se convenció de que nadie cree en ello y que todos hablan de Dios y del bien y sólo lo hacen para engañar a la gente. El hombre a quien amaba y la amaba a ella —lo sabía— la había abandonado, después de satisfacer sus deseos y burlarse de sus sentimientos. Y él era el mejor hombre de todos los que conocía. Los demás eran aún peores. Cuanto le había ocurrido lo confirmaba a cada paso. Las tías, ancianas devotas, la echaron cuando no las pudo servir como antes. Todas las mujeres con las que tropezó después trataban de sacar dinero por mediación suya; los hombres, desde el viejo comisario hasta los vigilantes de la cárcel, la miraban como un objeto de placer. Y para nadie existía en el mundo otra cosa que no fuera el placer, precisamente el placer. De esto la convenció todavía más el viejo escritor, al que se había unido en el segundo año de su vida independiente. Así solía decírselo, que en esto —llamaba esto a la poesía y la estética— consistía la felicidad.