Resurrección

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XLI

Nejliúdov salió muy temprano de casa. Por el callejón iba un campesino y pregonaba con voz monótona:

—¡Se vende leche! ¡Se vende leche! ¡Se vende leche!

La víspera había caído la primera lluvia tibia de primavera. Por todas partes donde no había empedrado, brotaba de pronto la hierba; en los jardines, los álamos blancos se cubrían de verdor; y los cerezos silvestres y los abedules abrían sus largas y olorosas hojas, y en las casas y en las tiendas se quitaban y limpiaban las ventanas interiores.[28] Nejliúdov tuvo que atravesar el mercado de los ropavejeros, donde se apilaba una gran multitud. Gentes desarrapadas andaban de un lado a otro con botas debajo del brazo y pantalones y chalecos doblados al hombro.

En las tabernas había mucha gente, pues acababan de salir de las fábricas; los hombres, con podiovkas limpias y botas relucientes, y las mujeres con pañuelos de seda de colores vivos en la cabeza y abrigos adornados con abalorios. Los guardias, con las pistolas colgadas al cinto por medio de unos cordones amarillos, permanecían en sus sitios y trataban de descubrir algún desorden que los pudiera sacar de su mortal aburrimiento. En los jardines de los bulevares y en el césped, jugaban los niños y los perros, y las alegres niñeras charlaban sentadas en los bancos.


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